Con el fin de poder ayudar en la mejora de la calidad de vida de las madres embarazadas de nuestros Centros de Añatuya y Suncho Corral, con Grido Helado unimos fuerzas para cubrir el funcionamiento anual del Programa Embarazadas.

Gracias a la campaña “Antojos compartidos” lanzada por Grido Helado durante el mes de la madre, por cada torta helada que la gente compraba, la heladería donaba $1 a nuestro Programa Embarazadas. Así fue como todo lo recaudado, un total de $300.000, nos lo destinaron para que podamos seguir cuidando y controlando a las embarazadas que asistimos en dos de nuestros Centros.

“Agradecemos la solidaridad y el enorme compromiso de Grido Helado por querer acompañar a nuestras mamás durante su embarazo. Esta es una tarea  que disminuye significativamente el riesgo de dar a luz a niños con bajo peso, así como también previenen diversas complicaciones durante el embarazo y el parto”, sostiene Martín Petti, Director del Centro de Suncho Corral.

¡GRACIAS GRIDO HELADO!

 

 

 

Dani fue de los primeros chicos que conocimos en el Hogar Santa Catalina. Diez años después, su historia es otra, y dio un giro que explica el poder de transformación que tienen el amor y la contención.

Cuando un grupo de amigos comenzó a ayudar al Hogar Santa Catalina, Dani tenía siete años. Él los recuerda como “los misioneros”, y cuenta que fueron los primeros porque hasta ese entonces nadie los visitaba en el hogar. “Cuando llegaban, lo primero que hacíamos era una ronda y nos presentábamos todos. Jugábamos y pintábamos”, se acuerda, “les gustaban mis dibujos y mis piruetas; ahora ya hace rato que colgué los botines”, se ríe. Era el mejor jugando al fútbol, capaz de aguantarse el llanto antes de mostrarse débil, conocía bien los rincones donde descargarse.

Dani encarna esas historias de superación que explican el poder de transformación que tienen el amor y la contención. Es de la camada de niños que estaba en el hogar allá por el 2006, cuando llegaron “los misioneros” y trajeron una esperanza para que las hermanas a cargo del hogar no se fueran a dormir con la preocupación de tener que conseguir la plata para comprar la comida cada mes. Tenía problemas de conducta, y a veces los chicos lo dejaban de lado por su mal carácter, pero con los más grandes era todo un comprador, y desde chiquito era el “preferido” de la hermana Cecilia, madre superiora del complejo.

Su mamá estaba presa, había asesinado a su papá delante de Dani. En vacaciones, era uno de los más desamparados, y es por eso que, en los primeros pasos de Haciendo Camino, Catalina y Agustín Pruzzo decidieron llevárselo junto a Mario un verano a Salta. Lo primero, fue comprarle un traje de baño para que pasara casi todo el día en la pileta del hotel, y cuando los brazos ya no daban más de nadar, la puerta giratoria de la entrada del hotel no dejaba de dar vueltas empujada por un chico del interior del monte santiagueño que disfrutaba de las novedades de la ciudad. De Salta cuenta muy poco, porque se acuerda que con su amigo “se portaron re mal”, y se ríe, haciendo memoria de todas las picardías que hicieron. Hubo un día en el que tomó el teléfono para llamar a alguien, pero no sabía ningún número, entonces marcó incansablemente el prefijo de Añatuya, esperando que atendiera alguien de la ciudad, pero sólo logró cansar al conserje del hotel. Con un alambre escribió su nombre en las camas de madera del hotel y pasó horas igual que su amigo jugando en la bañadera llena de agua, era la primera vez que se bañaba en bañadera, dejando atrás los baldes de Monte Quemado y las duchas finitas del hogar. También fue su primera vez en un ascensor, y con Mario peleaban por quién apretaba el botón para llamarlo o para marcar el piso. Cuando vio por primera vez los cerros, le parecieron peligrosos, porque “te podías caer de arriba”, como si de un balcón se tratase.

Durante las vacaciones de verano, el Hogar Santa Catalina cierra sus puertas, y los chicos suelen volver a sus casas con sus padres o con algún familiar que se haga cargo de ellos. El problema era que Dani no tenía a nadie en condiciones de hacerse cargo de él, y la mala conducta no ayudaba para que se pudiera quedar en algún otro lado. En ese entonces Agustín, con sus veintepocos y aún viviendo en la casa de sus padres, se lo empezó a llevar a Buenos Aires. “Era uno de mis padrinos, y solía ir a la casa de Agus; como la hermana también era mi madrina nos llevábamos re bien”.

Cuando creció y ya no pudo vivir más en el hogar, apareció la familia Talleur. Olga era profesora de gimnasia en la escuela a la que iba, y supo ver su buen corazón y desamparo y le abrió las puertas de su casa y de su familia. Si bien hubo algunas idas y vueltas por sus travesuras y peleas con las hijas de Olga, con el tiempo se adaptó a aquella familia y comenzó a mamar todo lo que no había tenido durante años.

Hoy Dani trabaja con sus papás del corazón en la panadería que tiene la familia, está contento, y se parece poco a aquel chico revoltoso. Está más cerca del enamoradizo, pillo, gracioso y agrandado que siempre que bajaba un cambio aparecía y emocionaba. El chico que conocieron hace diez años creció a la par de Haciendo Camino, y recuerda las travesuras que hacía cuando era niño.

Roxana Coria tiene 52 años y una vocación por ayudar a los demás admirable. Hace tres meses, nos advirtió que en su barrio, en las afueras de Añatuya, había muchas adolescentes embarazadas que no podían acudir a nuestro Centro por la distancia. Por eso, propuso abrir las puertas de su casa para que nuestro equipo de profesionales pudiera atender a las futuras mamás, en el marco del Programa Embarazadas.

En un ranchito de barro y techo de paja, en el corazón del campo santiagueño, nació Roxana Coria. Desde chica, se daba cuenta que le surgía querer ayudar a los demás. Hija de criadores de animales, se acostumbró al aire libre y a la tranquilidad del paraje La India, donde vivió toda su infancia. Hoy, ya casada y con siete hijos, su casa en la ciudad de Añatuya funciona más bien como un centro de ayuda para las embarazadas del barrio y para cualquier vecino que necesite una mano.

A los 17 años se casó con su actual esposo, Héctor Coria. Juntos se mudaron de las afueras rurales a la ciudad y, con una beca que otorgaban los curas en aquel momento, pudieron construir su casa. Tuvieron siete hijos a los que desde chicos les inculcaron la importancia del estudio y del esfuerzo para conseguir sus sueños. Hoy, ya son grandes y les dieron 14 nietos que adoran. Gracias a la constante atención de sus padres, todos tienen una profesión y un trabajo estable, un privilegio que no abunda en Añatuya.

Pronto comenzaron a conocer a sus vecinos. Héctor formó una escuelita de fútbol para que los chicos del barrio pudieran practicar deporte y Roxana ayudaba a las personas carenciadas en un comedor de la fundación Caritas. Luego de la crisis del 2001, en medio de una situación económica difícil, se les ocurrió poner junto a otros vecinos una huerta comunitaria en el jardín de su casa para que no faltara comida en la mesa de las familias. Así, sin quererlo, fueron descubriendo su pasión por ayudar a los demás.

A Roxana le nace de adentro su preocupación por el otro, tanto es así que, hace tres meses, notó que tan sólo en la manzana de su casa había cinco adolescentes embarazadas que necesitaban ayuda. Las chicas, de entre 15 y 25 años, no podían acercarse al centro de la ciudad para participar de nuestro Programa, donde se les da asistencia médica y aprenden los cuidados para el bebé, porque no tenían cómo trasladarse.

Hoy, grupos de 20 chicas asisten, una vez por semana, a los talleres para embarazadas que realiza nuestro equipo en el patio de su casa. Además de aprender cuestiones relacionadas a la salud de sus bebés, las madres, confeccionan ropa para sus hijos, reciben leche y alimentos necesarios para garantizar su nutrición luego del parto, y también comparten un espacio de reflexión con el resto de las mujeres.

 

Sin dudas, la vida de Roxana ya no será la misma. Si bien sus ganas de ayudar la acompañan desde chica, lejos quedaron sus días como ama de casa. A cada rato se va a visitar, casa por casa, a sus vecinas para controlar cómo vienen sus embarazos, se reúne con nuestros profesionales para pensar mejoras para los talleres, recibe en su casa a las chicas que tienen problemas familiares para aconsejarlas, se encarga de las tareas del hogar y la lista podría seguir. Sin darse cuenta, se convirtió en una referente de las mujeres de Añatuya, una persona a la que todos quieren y en la que todos confían. Un corazón enorme apasionado por ayudar.

 

¡Empezamos el 2017 en la playa! Desde el lunes 3 de enero, 24 de los chicos, voluntarios e integrantes de nuestro equipo le escapamos al calor de Santiago del Estero y nos vinimos a Mar del Plata.

Estamos disfrutando de unos días lindísimos junto al mar; todo es risas, diversión y alegría. Nos vamos a quedar hasta el miércoles 11 de enero.

¡Si te querés sumar como voluntario o donarnos alguna actividad para que podamos disfrutar con los chicos, más que bienvenido! Escribinos a [email protected]  ¡Tu ayuda es única!

¡Muchas gracias!

Como cada año, te invitamos a armar una Caja de Navidad para compartir con las familias que

menos tienen. La podés preparar con tu familia, amigos, compañeros de trabajo, e invitar a otros a

que se sumen. Juntos, podemos lograr que sea una Navidad feliz para todas las familias con las

que trabajamos en Santiago del Estero y Chaco. ¿Te sumás?

¿Cómo armo mi caja?

Las cajas se recibirán hasta el miércoles 7/12 (inclusive) en Av. Las Heras 1947 de lunes a viernes,

de 8 a 19:30 hs. Confirmá tu participación a [email protected] Nosotros

acercaremos tu caja a una de las familias que asisten a nuestros Centros.

¿A quiénes se destinarán? 

Monte Quemado: 144 familias

Pampa de los Guanacos: 22 familias

Taco Pozo: 26 familias

Suncho Corral: 104 familias

Sumampa: 31 familias

Santiago del Estero: 108 familias

Añatuya 257 familias

Dora: 55 familias

Herrera: 115 familias

Quimilí: 17 familias

¡Muchas gracias!