El primero que nos vio llegar

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Dani fue de los primeros chicos que conocimos en el Hogar Santa Catalina. Diez años después, su historia es otra, y dio un giro que explica el poder de transformación que tienen el amor y la contención.

Cuando un grupo de amigos comenzó a ayudar al Hogar Santa Catalina, Dani tenía siete años. Él los recuerda como “los misioneros”, y cuenta que fueron los primeros porque hasta ese entonces nadie los visitaba en el hogar. “Cuando llegaban, lo primero que hacíamos era una ronda y nos presentábamos todos. Jugábamos y pintábamos”, se acuerda, “les gustaban mis dibujos y mis piruetas; ahora ya hace rato que colgué los botines”, se ríe. Era el mejor jugando al fútbol, capaz de aguantarse el llanto antes de mostrarse débil, conocía bien los rincones donde descargarse.

Dani encarna esas historias de superación que explican el poder de transformación que tienen el amor y la contención. Es de la camada de niños que estaba en el hogar allá por el 2006, cuando llegaron “los misioneros” y trajeron una esperanza para que las hermanas a cargo del hogar no se fueran a dormir con la preocupación de tener que conseguir la plata para comprar la comida cada mes. Tenía problemas de conducta, y a veces los chicos lo dejaban de lado por su mal carácter, pero con los más grandes era todo un comprador, y desde chiquito era el “preferido” de la hermana Cecilia, madre superiora del complejo.

Su mamá estaba presa, había asesinado a su papá delante de Dani. En vacaciones, era uno de los más desamparados, y es por eso que, en los primeros pasos de Haciendo Camino, Catalina y Agustín Pruzzo decidieron llevárselo junto a Mario un verano a Salta. Lo primero, fue comprarle un traje de baño para que pasara casi todo el día en la pileta del hotel, y cuando los brazos ya no daban más de nadar, la puerta giratoria de la entrada del hotel no dejaba de dar vueltas empujada por un chico del interior del monte santiagueño que disfrutaba de las novedades de la ciudad. De Salta cuenta muy poco, porque se acuerda que con su amigo “se portaron re mal”, y se ríe, haciendo memoria de todas las picardías que hicieron. Hubo un día en el que tomó el teléfono para llamar a alguien, pero no sabía ningún número, entonces marcó incansablemente el prefijo de Añatuya, esperando que atendiera alguien de la ciudad, pero sólo logró cansar al conserje del hotel. Con un alambre escribió su nombre en las camas de madera del hotel y pasó horas igual que su amigo jugando en la bañadera llena de agua, era la primera vez que se bañaba en bañadera, dejando atrás los baldes de Monte Quemado y las duchas finitas del hogar. También fue su primera vez en un ascensor, y con Mario peleaban por quién apretaba el botón para llamarlo o para marcar el piso. Cuando vio por primera vez los cerros, le parecieron peligrosos, porque “te podías caer de arriba”, como si de un balcón se tratase.

Durante las vacaciones de verano, el Hogar Santa Catalina cierra sus puertas, y los chicos suelen volver a sus casas con sus padres o con algún familiar que se haga cargo de ellos. El problema era que Dani no tenía a nadie en condiciones de hacerse cargo de él, y la mala conducta no ayudaba para que se pudiera quedar en algún otro lado. En ese entonces Agustín, con sus veintepocos y aún viviendo en la casa de sus padres, se lo empezó a llevar a Buenos Aires. “Era uno de mis padrinos, y solía ir a la casa de Agus; como la hermana también era mi madrina nos llevábamos re bien”.

Cuando creció y ya no pudo vivir más en el hogar, apareció la familia Talleur. Olga era profesora de gimnasia en la escuela a la que iba, y supo ver su buen corazón y desamparo y le abrió las puertas de su casa y de su familia. Si bien hubo algunas idas y vueltas por sus travesuras y peleas con las hijas de Olga, con el tiempo se adaptó a aquella familia y comenzó a mamar todo lo que no había tenido durante años.

Hoy Dani trabaja con sus papás del corazón en la panadería que tiene la familia, está contento, y se parece poco a aquel chico revoltoso. Está más cerca del enamoradizo, pillo, gracioso y agrandado que siempre que bajaba un cambio aparecía y emocionaba. El chico que conocieron hace diez años creció a la par de Haciendo Camino, y recuerda las travesuras que hacía cuando era niño.