Raquel: la fuerza de una mujer que convirtió el dolor en cuidado
En el Lote 58, un paraje rural a 30 kilómetros de Añatuya, la vida transcurre entre el monte y caminos de tierra que se vuelven casi intransitables cuando llueve. Las casas son de adobe y chapa, no hay acceso a agua potable ni servicios básicos, y llegar a la ciudad puede demandar hasta dos horas en moto. Allí vive Raquel, junto a su esposo Marcelino, sus hijos y su nieta Aruna.
Hace dos años, la vida de Raquel cambió para siempre. Su hija Rocío había participado del Programa Embarazadas de Haciendo Camino durante los últimos meses de gestación. Necesitaba controles médicos y acompañamiento porque su embarazo era de riesgo. Poco después del parto, Rocío fue diagnosticada con cáncer de útero en estado avanzado. Fue internada, derivada a la capital de Santiago del Estero y, en cuestión de semanas, la enfermedad avanzó sin posibilidad de tratamiento. Aruna tenía apenas cinco meses cuando perdió a su mamá.
En ese momento, Raquel no dudó. Asumió el cuidado de su nieta cuando el padre de la niña decidió no hacerse cargo. “Yo la cuido desde que murió mi hija. Me ayudan mis hijos, todos estamos pendientes de ella”, cuenta. Le cuesta hablar de la pérdida, pero cada domingo, en las reuniones familiares, el recuerdo de Rocío sigue presente.
Los primeros meses no fueron fáciles y Raquel tomó la responsabilidad de ocuparse de Aruna. Cada semana recorría largos kilómetros en moto junto a su nieta, soportando el frío, el calor y la tierra del camino. Nunca faltó a ninguna atención. “Lo hago por ella, porque quiero que tenga lo que necesita y que crezca bien”, dice con convicción.
Antes de que comenzáramos a realizar atenciones itinerantes en el Lote 58, Raquel abrió las puertas de su casa para que las actividades pudieran continuar allí, ya que desde Haciendo Camino no contábamos con un espacio físico en el paraje. Su hogar se convirtió en lugar de encuentro, cuidado y seguimiento. Ese gesto no solo sostuvo a Aruna, sino también a otras familias de la comunidad.
Este paraje rural es una comunidad aislada que ni siquiera figura en los mapas. Allí, las familias viven sin acceso a servicios básicos como agua potable, salud o transporte regular. Los caminos de tierra se vuelven intransitables cuando llueve y cualquier trámite, compra o control médico implica varias horas de viaje hasta la ciudad. Las casas son precarias, los ingresos inestables y el acceso al agua depende de aljibes y pozos comunitarios, lo que hace que cubrir necesidades esenciales sea un desafío cotidiano.
Hoy, junto a su esposo y sus hijos, Raquel es el pilar que garantiza que su nieta reciba atención nutricional, controles de desarrollo y un entorno estable donde crecer. En un contexto de extrema vulnerabilidad, donde la pérdida, la distancia y la falta de recursos podrían haber marcado un límite, ella eligió transformar el dolor en fuerza.
Desde Haciendo Camino seguimos acompañando a Aruna y a su familia, sabiendo que detrás de cada niño/a hay una mujer que sostiene. Y que cuando una mujer es acompañada, toda una familia se puede fortalecer.



