Más allá de los números
La pobreza tiene un número, pero no sólo es eso. Es un rostro, una historia, un territorio y tiene consecuencias que no siempre entran en una estadística.
El martes 31 de marzo el INDEC informó que la pobreza alcanzó al 28,2% de la población en la Argentina durante el segundo semestre de 2025. Pero lo que nos alarma es el dato sobre la pobreza en la infancia. “En cuanto a los grupos de edad según condición de pobreza, se destaca que 41,3% de las personas de 0 a 14 años forman parte de hogares bajo la línea de pobreza.” (Fuente INDEC, 31 de marzo 2026)
Este dato vuelve a poner el tema en agenda, pero también nos invita a mirar más allá de la cifra.
El dato y el número es importante. Permite ver si la situación mejoró, empeoró o se mantuvo. Permite comparar y dimensionar. Pero no alcanza. Porque la pobreza no es solamente un porcentaje. También es una infancia sin controles médicos, una casa de adobe con techo de paja, una familia que vive hacinada, un paraje aislado donde llegar al médico sigue siendo un desafío cotidiano, la falta de acceso a red eléctrica y agua potable, sufrir de inseguridad alimentaria y no contar con una alimentación adecuada.
Cada vez que se publican estas cifras, la discusión pública se concentra en el número. El INDEC mide la pobreza a partir de los ingresos de los hogares y de si alcanzan o no para cubrir una canasta básica. Esa medición es clave, pero no cuenta toda la historia.
En Argentina existe otra pobreza, más silenciosa y muchas veces menos visible, que no cambia de un semestre a otro y que no desaparece aunque el indicador mejore. Es la pobreza estructural: la que se ve en las condiciones de la vivienda, en la falta de acceso a la salud, en la distancia con los servicios básicos, en la mala alimentación, en la fragilidad de la educación y en la falta de oportunidades que se hereda de generación en generación. El INDEC también releva una parte de esa realidad a través de las Necesidades Básicas Insatisfechas, que observan carencias persistentes vinculadas a vivienda, hacinamiento, escolaridad y capacidad de subsistencia. Según los datos del Censo 2022, el 6,7% de los hogares del país tenía al menos una necesidad básica insatisfecha.
Pero incluso esos datos no siempre muestran la realidad de lo que ocurre en los territorios más alejados. En muchas zonas rurales del Norte argentino, la pobreza no se parece a lo que vemos en las grandes ciudades. Es más extrema, más persistente y más invisible. Son familias que viven a kilómetros de un centro de salud, que dependen de caminos difíciles de transitar, que no siempre tienen una heladera para conservar alimentos, que no tienen agua potable, que sostienen la crianza en condiciones muy adversas y que muchas veces quedan fuera de la conversación pública.
Baño en hogares de familias de Monte Quemado, Santiago del Estero
En esos contextos, la primera infancia se vuelve un tema central. Los primeros años de vida no son una etapa más: son el momento en el que se sientan las bases del desarrollo físico, emocional y cognitivo de una persona. Cuando un chico crece mal alimentado, sin controles de salud, sin estimulación adecuada o sin educación, no solo sufre en el presente, sino que se ve condicionado su futuro.
Por eso, hablar de pobreza infantil no debería ser solamente hablar de cuántos chicos viven en hogares por debajo de una línea estadística. También debería preguntarse cómo viven, qué comen, dónde crecen, qué acceso real tienen a la salud, a la educación, al cuidado y a oportunidades concretas para desarrollarse.
Por eso, desde Haciendo Camino trabajamos en territorios donde esta pobreza se ve reflejada. Según una medición que realizamos recientemente sobre las familias que acompañamos en las provincias de Santiago del Estero, Chaco y Salta, el 33% de las madres no terminó la secundaria, el 48% tuvo su primer hijo en la adolescencia, el 16% de las viviendas están construidas con materiales precarios, el 60% de las familias vive en condiciones de hacinamiento, el 78% de los integrantes no tiene controles médicos al día, el 70% de las mujeres no cuenta con controles ginecológicos actualizados, el 30% de las familias no tiene heladera o un sistema adecuado para conservar alimentos y el 53% atraviesa inseguridad alimentaria.
Más que números aislados, estos datos muestran cómo se reproduce la pobreza de una generación a otra. Cuando un niño crece con desnutrición, sin estimulación adecuada y en un contexto de carencias, su aprendizaje se ve afectado desde los primeros años. Eso muchas veces deriva en fracaso escolar, luego en deserción y, más adelante, en trabajos precarios y mal pagos. Así, se forman nuevos hogares con necesidades básicas insatisfechas y la pobreza vuelve a empezar.
Lorena conoce en primera persona lo que es vivir en un contexto de pobreza extrema. Vive en el Barrio Luján, en Taco Pozo, Chaco, y cada semana camina 1 hs para llegar al Centro de Haciendo Camino, donde lleva a su hijo Antonio de 1 año y 7 meses, al Programa Desarrollo Infantil en Familia. Antonio llegó con bajo peso y retrasos en su estimulación, y desde hace más de un año recibe seguimiento nutricional, controles y acompañamiento. En ese espacio, Lorena también encuentra apoyo concreto: recibe atención nutricional, herramientas para fortalecer la alimentación de su hijo, información sobre atención temprana para el desarrollo de su bebé, talleres de educación para la salud, talleres de manualidades, leche, pañales y alimentos.
Lorena y Antonio, Taco Pozo, Chaco
Pero la realidad que enfrenta va mucho más allá de ese recorrido. Cuando Antonio necesita atención médica especializada, Lorena tiene que viajar hasta Resistencia, a unos 500 kilómetros de Taco Pozo, porque en su localidad no hay pediatra y tampoco encuentra la atención que necesita en Sáenz Peña, a 350 kilómetros. Vive con su marido, sus hijos y una nieta. Su esposo hace changas para sostener a la familia, pero cuando llueve los caminos de tierra dificultan todo y muchas veces ni siquiera puede salir a trabajar. A veces, cuenta Lorena, la comida no alcanza. Cuando llega fin de mes, tiene que pedir ayuda o prestado para poder alimentar a sus hijos, e incluso hay días en los que solo le alcanza para darles mate cocido con pan.
“Hay una pobreza que solo se entiende cuando caminás el territorio, cuando entrás a las casas, cuando conocés a las madres y ves todo lo que hacen para sostener a sus hijos en contextos vulnerables” afirma Catalina Hornos, Directora y Fundadora de Haciendo Camino.
Catalina Hornos, Directora y Fundadora de Haciendo Camino
Esa es la pobreza que no siempre se refleja en los indicadores, la que no se termina de explicar con una canasta básica, la que persiste aunque cambien los números, pero sobre todo la que condiciona el presente y todavía más el futuro. Y si la pobreza en la infancia no se aborda a tiempo, sus consecuencias llegan mucho más lejos que una medición semestral.
Frente a esta realidad, el desafío no es solamente mirar el dato, sino comprometerse con lo que no se muestra. Desde hace casi 20 años, trabajamos para acompañar a niños y familias en contextos de extrema vulnerabilidad en Santiago del Estero, Chaco y Salta, con Programas vinculados a nutrición, salud, educación y fortalecimiento familiar. Conocer más sobre esta problemática, acercarse a las historias que hay detrás de los números y colaborar para sostener este trabajo también es una forma concreta de transformar una realidad que no puede esperar.
Podés conocer más en https://haciendocamino.org.ar/



